Hablaba con un amigo acerca de mi texto anterior, titulado Herminio, y me preguntó si los textos irían en orden. “Sí y no”, respondí. Pero al instante siguiente, apareció el siguiente retrato para mi A mano alzada. Entonces se vino a mi mente: Eva.
Ella era mi maestra de inglés en segundo o tercero de primaria. “¿Cuántos años tendrá ahora?”, me pregunté en silencio. “¿Cuántos tenía cuando nos daba clase, si yo tenía ocho, nueve, quizá diez años?” Le escribí a un par de amigos —los más entrañables que tuve en aquella época— y con quienes sigo teniendo comunicación y aprecio. Mucho aprecio.
Eva… era (espero que lo siga siendo) una mujer muy guapa. Su apariencia contrastaba con la de las maestras de base del colegio, monjas. Ella era jovial, moderna, con su pelo —según recuerdo— rizado, pero siempre recogido con alguna peineta. Era aperlada y se maquillaba con sutileza las mejillas.
—Bueno, ¿y Eva qué? —me preguntó mi amigo.
—Pues era mi maestra de inglés —repetí, para luego quedarme en silencio de nuevo.
Tomé aire y continué.
Ella fue la primera persona que, una vez más sin querer, me motivó a escribir. ¿Cómo?
En aquellos años, quizá cuando cursaba el segundo de primaria, la materia de inglés se volvió obligatoria en todas las escuelas. De pronto, el idioma se convirtió en importante. Eva, al paso de los días, nos invitó a participar en un concurso de relatos en Estados Unidos. No recuerdo si era obligatorio o voluntario. Obviamente participé, y escribí mi primer texto literario, sin tener aún conciencia de la responsabilidad que implica escribir.
¿Y qué hice? Pues mezclé a los enanos de Blanca Nieves, a los Pitufos y algunos otros personajes más. Creo que aquel texto tenía toda la intención de burlarse de mí: lo hice porque podía escribir, pero no porque tuviera algo para contar.
El cuento se fue. En la nebulosa de mis recuerdos sólo tengo un dato: era un concurso distrital. ¿Texas?, no sé.
Días, semanas o meses después, Eva llegó con noticias que nadie esperaba. Yo ya había olvidado el concurso. De pronto me dijo:
—Sacaste el lugar 27.
La miré con extrañeza, porque no tenía idea de qué hablaba. Luego me dio el contexto: “El concurso de relatos en el que participaste.” Sonreí y ya no dije nada.
Mi primer éxito literario fue en aquella época, en aquel momento. Aunque hubo 26 historias mejores que la mía, también supe que habíamos participado más de doscientos relatos.
Nada mal para alguien que, aunque ya había amenazado con ser escritor un año antes, estaba muy lejos de comprenderlo.
Luego la maestra desapareció. Quizá se fue a vivir a Estados Unidos, quizá se casó, quizá… eso es otra historia.
A mano alzada, la recuerdo como la primera persona que —sin querer— me invitó a escribir.
Maestra Eva, donde quiera que estés, gracias.








