Por fin pude terminar la preparatoria y seguir mi camino por la vida. Tenía muchas ganas de estudiar periodismo en la escuela Carlos Septién de la Ciudad de México. Era considerada la gran escuela del oficio. También quería hacer radio. Hablar, hablar, hablar, verter mis ideas y reflexiones acerca de la vida.
Un día, un amigo de la prepa, oriundo del Estado de México, me dijo: “¿Para qué te quieres ir al DF?” —así le llamábamos antes—. “En la UdeM acaban de abrir una estación de radio. Ahí podrás practicar y aprender.” Concluyó.
Se lo comenté a mi padre y me dijo que estaba bien la idea. Que probara en la UDEM y que, si no me gustaba, podría irme a la Ciudad de México.
Así que me inscribí en la Universidad de Monterrey, en la licenciatura de Ciencias de la Información y Comunicación.
Pasaron los protocolos de examen de admisión, los cursos introductorios, y por fin llegaron las clases. Venía de una etapa muy distinta en mi vida. Me rebelé un poco, salí mucho, tuve grandes experiencias y forjé grandes amigos. Pero cargaba conmigo un ultimátum de mi padre.
Antes de terminar la preparatoria, cansado de mis excusas, me dijo: “Ya no quiero los dieces. Quiero que aprendas.”
Ese mensaje cambió mi vida. Porque aprender fue lo mejor que me pudo pasar.
Llegué a la universidad con ganas de aprender, no de estudiar. No de sacar los dieces de antaño. No me interesaba competir con nadie, más que conmigo.
Tuve una clase con un maestro llamado Eduardo Ramírez. El nombre de la clase no lo recuerdo, pero era algo así como Pensamiento Crítico, o Análisis de… algo.
Eduardo abrió la primera clase contando la anécdota de su abuela y su miedo a las cámaras fotográficas: temía que le robaran el alma…
Así abrió su discurso. A mí esa historia me emocionó tanto que, para mi primera tarea, escribí un ensayo sobre Tales de Mileto y una discusión en un ágora acerca de la muerte…
Las clases de Eduardo, para mí, eran un agasajo. Hablar de pensamiento, de hermenéutica, de filosofía 101, de reflexionar y entender la vida desde nuestros pies… era un regalo.
Hablaba con él de vez en cuando. Su figura como maestro me recordaba a un Albert Camus, a un Jean-Paul Sartre: ensimismado, silencioso, de risa corta, pero de pensamiento agudo y amable para con los estudiantes.
Eduardo, haciendo su tarea de enseñar, me transfirió su gusto por las charlas profundas, por analizar desde otros ángulos las conversaciones cotidianas, por disfrutar la vida desde el placer de disecarla, contemplarla, navegar en la oquedad o patinar sobre la limpidez de los días.
Creo que ahí desarrollé mi pensamiento crítico. Ahí, con Eduardo, practiqué eso que llaman: el fondo y la forma.
Gracias Eduardo, donde quiera que estés.
Gracias a tu abuela también, porque tal vez, sin aquella anécdota sobre la cámara fotográfica, yo no me hubiera cuestionado mi propia alma, mi vida, mis días…







