Luego de Herminio y Eva, gracias a una pregunta de una de mis hermanas, flotó el siguiente nombre: tío José.
Antes de avanzar, mi hermana Jéssica me cuestionó quién seguía en la lista; ya no tanto un orden sino un «quién». Mi respuesta fue: que no había una lista tal cual, simplemente en mi ejercicio de recordar mi pasado, aparecían los nombres.
De alguna forma, su pregunta tuvo eco y energía porque sucedió en nuestro chat familiar. Continúo con mi relato. De inmediato etiqueté a mi madre para que me diera la ficha informativa actualizada. Al momento en que lees esto, ella todavía no me responde, pero me aventuraré a contar por qué el tío José es parte de esta lista.
Recuerdo que vivía en Tamaulipas y mis interacciones con él sucedían en casa de la abuela Lupita, mamá de mi madre. ¿Por qué íbamos mucho a casa de la abuela? No lo sé; lo que ahora si identifico es que mi madre en aquellos tiempos era joven. Supongo que era natural que siguiera frecuentándola.
No recuerdo si mis hermanos menores ya existían o estaban recién nacidos, pero yo tenía siete, ocho años. El tío en cuestión, que no sé si era mi tío realmente, era visitante asiduo a casa de los abuelos maternos. Ahí, justo en la cocina-comedor, donde nos acomodábamos a cenar los mejores frijoles que he probado en mi vida, el tío, como si fuera una gaceta de lo paranormal comenzaba a relatarme un sinfín de historias de fantasmas, aparecidos, del mismísimo diablo; sí, el mismo que piensas, el que tenía una pezuña y una pata de gallo.
Terminaba la sesión y yo me quedaba emocionado, siempre con ganas de más historias. Me estremecía con aquellas aventuras de gente que nunca conocí, que nunca supe su nombre de pila o si tenían algún parentesco con los que nos sentábamos en aquella mesa. ¿Qué si me daba miedo? Sí, pero poco. Me emocionaba más entender por qué esas personas se atrevían a cruzar esos caminos olvidados por su dios.
Aquellos relatos llenaban mi cabeza de películas donde extendía los argumentos y moralejas que transmitía el tío. Era un gran storyteller: las historias eran concisas, efectivas, con un arco dramático en dos actos; nunca había introducción y todo sucedía en aquellas tierras abandonadas por el progreso. Todo le sucedía a personajes que caminaban en solitario sobre parajes desolados, en noches sin estrellas. Las horas exactas de los eventos eran irrelevantes. El tío dejaba claro que, una vez que oscurecía, la maldad comenzaba su turno.
Desde entonces ese mundillo de lo paranormal me encanta, como seguramente te encanta a ti. Esas historias son siempre un abre cartas para entablar conversaciones amenas, relajadas. El «más allá», a diferencia de la política o la religión, siempre logra ponernos de acuerdo.
Con el tiempo, en uno de mis primeros trabajos como escritor/guionista fue justamente escribir una serie de televisión de fantasmas. Oh dios, cómo lo disfruté, gracias a los cursos introductorios del tío José.
No sé de ti desde hace 20 o 30 años, quizá más. Pero, donde quiera que estés, gracias. Tus historias acerca de aquellos que le temen a la muerte, me hicieron apretujar la vida y disfrutarla contando historias espanta tedios, así como tú, que sin querer, me enseñaste.








