Una caída histórica en exportaciones revela el costo de postergar inversión y apostar sin red a la refinación.
Ciudad de México.- Las cifras no mienten, y esta vez pintan un panorama incómodo: las exportaciones de crudo de Pemex cayeron a su nivel más bajo en 35 años. La empresa que por décadas fue símbolo de soberanía energética y motor de las finanzas públicas enfrenta hoy una realidad cruda: menos barriles, menos ingresos y un horizonte donde el orgullo petrolero comienza a mostrar fisuras profundas.
El desplome de casi 23 por ciento en las ventas externas durante el tercer trimestre de 2025 no es un accidente coyuntural, sino el resultado de años de inversión insuficiente, campos maduros agotados y una estrategia que ha apostado por refinar más y exportar menos. Esa apuesta —plausible en teoría— ha llegado antes de tiempo, con refinerías que aún no producen a toda su capacidad, mientras la producción cae y los ingresos públicos se resienten. Como advierten analistas, impulsar la refinación sin asegurar primero el crecimiento de la plataforma de producción es construir la casa desde el techo: se sacrifica flujo y solvencia en nombre de un futuro que aún no llega.
Pemex insiste en que los frutos se verán para 2026, y que la ruta es reducir importaciones de combustibles y fortalecer la autosuficiencia. Sin embargo, el reloj fiscal no espera. Con menos petróleo para vender y una empresa que no puede financiar sola su expansión, la discusión sobre abrir la puerta —aunque sea parcialmente— al capital privado vuelve a la mesa. Hoy, la soberanía energética no se mide solo en barriles que salen de puertos mexicanos, sino en la capacidad real de garantizar producción, ingresos y modernización. Pemex y el país se encuentran ante una decisión ineludible: persistir en una estrategia romántica pero financieramente frágil, o aceptar que la fuerza histórica del petróleo mexicano necesita nuevos socios para no convertirse en recuerdo.








