Las redes sociales se convirtieron en una nueva forma de vivir, en una ruta para sentirnos “presentes”. Hace 25 años, en sus albores, la algarabía era tanta que llegamos a creer que estábamos en el paraíso: éramos escuchados, aplaudidos, reconectábamos con personas del pasado y descubríamos nuevas comunidades. Parecía que la comunicación digital nos hacía más humanos.
Era como una mesa de conversación infinita. Todos opinábamos, todos compartíamos. Así empezó…
Hoy, un cuarto de siglo después, la situación es otra. Dejamos de ver a los amigos, de hablar con honestidad, de tener conversaciones profundas. Nos quedamos con el eco de los algoritmos, que nos ordeñan la dopamina con información falsa, con cuerpos diseñados para el deseo, con chismes y con tragedias disfrazadas de espectáculo.
Cuando publico algo en mis redes, sobre todo en Facebook, donde tengo más amistades y familia, noto no el desinterés, sino las consecuencias de esta dinámica: mirar a otro lado, consumir sin conversar. Lo advertí desde 2007: nos informamos, pero dejamos de comunicarnos.
Hoy entro a Messenger, veo conectada a gente con la que viví grandes momentos y me pregunto: ¿les escribo?, ¿qué les diría?, ¿tendrán ganas de conversar? La mayoría responde con un “¿qué se te ofrece?” o con el silencio. Eso duele más que una crítica.
Estamos sin ser. Somos maniquíes en un aparador infinito. Movemos los labios, pero nadie escucha.
¿Hacia dónde vamos? ¿O ya estamos ahí? Vivimos en un vértigo constante, mareados, desconectados de lo esencial. Perdimos la batalla contra nosotros mismos y contra nuestras pequeñas tribus de amistades y conocidos. Nos quedan las redes, que no son sociales, son redes de pesca.
Y pienso en Pink Floyd: another brick in the wall.
Triste.








