Definiendo el fenómeno
Estamos en medio de un proceso que redefine la forma en que interactuamos con el mundo, con el trabajo, con la creatividad, con la imaginación y con las posibilidades. En estos momentos estamos en pleno proceso de simbiosis.
¿Quién será el malo? No lo sé. Lo que sí sé es que quiero contarte una anécdota que, en su momento, me obligó a pensar en el futuro inmediato. Qué es una IA (Inteligencia Artificial), ¿una herramienta?, ¿una tecnología?, ¿una plataforma? o, ¿un sistema?
La respuesta es: “La IA es una TECNOLOGÍA (el fenómeno global) que funciona mediante SISTEMAS complejos (algoritmos) para ofrecernos HERRAMIENTAS poderosas (chatbots, generadores) que viven en PLATAFORMAS digitales.”
Así que te comparto la primera de varias reflexiones que he titulado: “Simbiosis”.
La odisea de Instagram
Todo comenzó hace seis meses. Tenía un proyecto en mente y, como primer paso, decidí crear una cuenta en Instagram. No por estrategia, sino por prevención: alguien podía ocupar el nombre que ya tenía definido.
Lo hice desde el teléfono, usando las credenciales de mi cuenta principal. Fue rápido. Creé la cuenta, aseguré el nombre y la dejé ahí, en pausa, esperando el momento de iniciar la construcción de contenido y estrategia.
Semanas después tuve la primera reunión con quien sería el community manager del proyecto. El primer paso era sencillo: darle acceso a la cuenta. Ahí comenzó la aventura.
Estuvimos casi una hora intentando encontrar la contraseña. No hubo manera. Así que decidí contactar al soporte de Meta. En la primera llamada pasamos más de una hora buscando una solución. Al final, la persona que me atendió, pidió que enviáramos un correo a varias direcciones explicando el caso. —En 24 a 48 horas te responden —me dijo. Confiado, colgué.
El laberinto burocrático
Pasaron 72 horas. Luego 100. Nadie respondió. Volví a contactar soporte. Otra llamada de más de una hora. Al final, la respuesta fue que no podían continuar ayudándome sin la respuesta del “equipo especializado”, es decir, los del correo electrónico.
Acepté. Esperé. No llegó nada. Llamé de nuevo. Dos o tres horas más. Nada.
Después de dos semanas intentando y perdiendo horas en llamadas telefónicas, marqué por última vez. Me atendió alguien que empezó amable y terminó casi regañándome por haber cometido tantos errores. Su conclusión fue simple: no se podía solucionar.
Le pregunté si al borrar la cuenta podría volver a usar el nombre de usuario. Me dijo que sí… y que no. Aclaró que no podía tomar esa decisión.
Eso derrumbaba parte de mi estrategia. La marca tendría su mayor presencia en esa red. ¿Cómo se vería tener dos o tres nombres distintos para el mismo proyecto? Colgué y me quedé pensando si debía borrar la cuenta y empezar de cero.
El factor Renfield
Al día siguiente se me ocurrió preguntarle a la inteligencia artificial a la que apodo Renfield. Le di contexto y le pedí opciones. Debo admitir que fue más una catarsis que una búsqueda real de soluciones: cinco personas de Meta, supuestamente especializadas, ya me habían dicho que no se podía hacer nada.
Presioné enter. En segundos, Renfield me dio tres escenarios posibles. Tomé el primero. Me fue guiando paso a paso. En cinco minutos, el problema estaba resuelto. Había perdido más de cinco horas con personal capacitado y nadie se había acercado siquiera a una solución. La respuesta de Renfield fue tan simple que aún me cuesta entender por qué ningún agente de Meta abordó el problema desde ese ángulo.
La brecha generacional
Entonces surge la pregunta: ¿cómo debemos entender a la inteligencia artificial? ¿Como herramienta? ¿Como tecnología? ¿Como medio? ¿Como revolución?
Las aplicaciones (y las implicaciones) se multiplican cada hora. La brecha es indudable. Vemos una batalla generacional donde los early adopters y los nativos digitales imponen sus reglas, alejando cada vez más las fronteras del viejo internet. Del otro lado, millones de personas se quedan en la vida análoga, rodeadas de rumores sobre este nuevo mundo donde el prompt se ha convertido en el ‘abracadabra’ de nuestra era.”
Mano de obra vs. Darnos una mano
Al final me quedé con sentimientos encontrados. Viví las dos caras de la moneda. Es una anécdota simple, pero para mí representa mucho por lo que estaba en juego.
Queramos o no, todos iremos acumulando experiencias personales con inteligencias artificiales. Conscientes o no, ya convivimos con ellas. Lo que me pasó es un ejemplo menor. Lo pude resolver porque uso la herramienta, conozco sus límites y los míos. El verdadero problema aparece cuando le cedemos la iniciativa de pensar por nosotros, y no solo de trabajar para nosotros.
Ahí está la diferencia. Ahí está la brecha entre los dos discursos que hoy circulan: el que dice que la inteligencia artificial llegó para sustituir a la mano de obra humana, y el que afirma que llegó para darnos una mano.
¿De qué lado estás?








