El dilema de la duda
En diferentes momentos de mi vida académica; desde la primaria hasta mis últimos estudios luego de la universidad, escuché a maestros y docentes decir que ante la duda, debíamos siempre de preguntar.
Se supone que preguntamos para salir de las zonas de confusión. También con el tiempo comprendes que esa simple indicación, que a muchos nos ha funcionado, hay un gran porcentaje que no.
Preguntar requiere de contexto para empujar la incertidumbre fuera de nuestro entorno. Preguntar es difícil. Ahora con la ejecución de las plataformas de IA a través de prompts (preguntas), nos enfrentamos a un doble problema: saber distinguir entre preguntar como acción (intrínseca) y como código (extrínseca) para activar los maravillosos poderes que nos entrega esta herramienta/plataforma de acceso a información.
La escuela de Watson
En mi breve participación en la historia de la inteligencia artificial, tuve la oportunidad en el año 2016-2017 de utilizar y conocer “Watson”, la IA de IBM. El principio de nuestra presencia en ese proyecto era alimentar a Watson de intenciones, que es la forma correcta de llamarle en español a los prompts.
Mi equipo manejaba una base de conocimiento que debíamos escalar a lo máximo posible, es decir: cada tema de nuestra base de conocimiento le debíamos de generar la mayor cantidad de preguntas para llegar al mismo resultado.
Con los años, llegó la liberación de la IA al mundo con una inmensa cantidad de información y contenido. A los minutos, se comenzó a utilizar con el mínimo esfuerzo, parecía que estaba lista y no tenías que educarla ni darle tú el material. Desde hace algún tiempo hay litigios y se avecinan problemas por derechos de obras, autores, catálogos o contenido que debería ser de pago, o con derechos, porque se utilizaron para alimentar a las primeras versiones de IAs.
La era de la alucinación
Las iteraciones a partir del año ¿2021-22? alimentaron de forma desorganizada a las inteligencias. ¿Te has encontrado con respuestas de la IA que son falsas? Con datos inexistentes, con títulos de libros o referencias a autores o estudios que no existen. Eso es parte del proceso de maduración de la inteligencia de las IA´s.
Me di cuenta porque en mi trabajo y en el de muchos, es importante tener la certeza de confirmar la información: “curarla”, es decir validar que tiene el sentido que buscas y que las fuentes son confiables. Es casi el mismo proceso de verificación de las “fake news”.
Por eso, saber preguntar no era una cuestión retórica para nuestros maestros o docentes, era y es una forma de preparación para afilar nuestra capacidad cognitiva y de interpretación, encontrar respuestas y soluciones a los conflictos de la vida.
Editores, no consumidores
Saber preguntar antepone la certeza del camino, sino para qué hacerlo. Preguntar es buscar respuestas. Y esa frase es mucha más compleja de lo que se lee. Piénsalo.
Preguntamos para descubrir, para avanzar, para solucionar algo. Entonces qué está pasando con nuestra vida a través de las IA´s. La preocupación está en que olvidemos cómo cuestionar la verdad que estamos buscando desde el sesgo de nuestra ignorancia orgánica y ahora digital.
Preguntarle a una máquina es más complejo, es un acto de fondo, no de forma. Interactuar con una máquina requiere de nosotros más cultura, no menos. Requiere que sepamos un poco de historia, no ser historiador, de matemáticas sin ser Galileo, que entendamos de ética para sopesar los riesgos de “nuestras preguntas”.
Estamos en una simbiosis, donde no podemos bajar la guardia, debemos de ser editores no consumidores de la máquina, para que entonces se convierta en la herramienta para lo que fue designada y no en oráculo de mentiras y suposiciones.
Los maestros tenían razón: el que pregunta deja de ser ignorante o al menos… lo intenta.








