Cuando la pandemia nos encerró, afloró la creatividad en muchos frentes y las redes sociales salieron al quite, destapando una tendencia que años después sigue en boga: el posicionamiento de los comediantes regiomontanos (o que radican en la ciudad) a nivel nacional e internacional.
Se pusieron listos y comenzaron a crear contenido al por mayor. Desconocía a la mayoría de esos talentosos comediantes. La primera que descubrí fue a la India Yuridia, que entiendo por comentarios de otros amigos, ya cotizaba alto. Su innegable talento le daba el puesto más sobresaliente. Luego vinieron otros, muchos más. Entre todos ellos, hablaban de su maestro, un comediante llamado Rogelio Ramos.
Fue hace dos o tres meses que me aparece un video del aclamado maestro. Reí y reflexioné. Lo compartí en diferentes chats y la respuesta fue igual: risas y reflexiones.
No hay contenido gratuito del llamado caballero de la comedia. Todo tiene sentido, todo está en su lugar, en todo hay una crítica bien pensada que no busca dividir, busca conversar y que en las diferencias encontremos nuestro lugar. Ahora entiendo porque es el Maestro. Rogelio Ramos abandera con orgullo el viejo mundo que acabó con la llegada de la pandemia, ese, donde las redes sociales eran acompañamiento, no vida.
Es el último guiño a la agenda de las familias nucleares, esas de las “viejas” tradiciones” que acaban de serlo hace algunos años. Rogelio se autorregula, se censura y se libera en cada rutina. En sus videos explora la realidad y los símbolos, no cuenta chistes, hace chistes de nuestra condición humana, como mexicanos, como individuos. Aborda con aguda inteligencia y perspicacia la verdad incómoda que enfrentamos en la actualidad.
Respeta lo nuevo, engrandece las experiencias del pasado en las que muchos crecimos. Rogelio y sus juicios de valor se han convertido en mi terapia. Lo escucho, me río y reflexiono mi vida. Esto me permite alejarme de esa nueva costumbre de tomarnos demasiado en serio lo que no nace de nosotros.
Su humor es el estudio de las costumbres y las tradiciones de nuestra sociedad. Sus rutinas son un inventario ácido de nuestra colectividad. Recorre sin contratiempos y con el acelerador a fondo los rincones de la realidad social, cultural y política de México y por qué no, Latinoamérica.
Disecciona los hábitos, las conductas, las aspiraciones y los miedos de las generaciones. Rogelio enmarca su comedia en la reflexión de un mundo que para los que lo vivimos, fue y será siempre mejor. No niega la actualidad, solo la confronta contra los recuerdos y las añoranzas.
Rogelio Ramos es un gran comediante que no te hace olvidar el problema, te da herramientas para pensarlo diferente. En escucharlo está el secreto. Es el mensaje que me permite reírme y reconciliarme conmigo, con mis ideas, con el pasado. De pronto, el valor de detenerte, reír y pensar es una forma de terapia, mi terapia de grupo. Es decir, de mis expectativas, miedos, sueños y esperanzas. Gracias Rogelio.
La buena comedia no entretiene, transforma.







