Tengo días pensando en Herminio. Busco la causa y, mientras tanto, los recuerdos afloran. Herminio y yo no somos amigos; dudo que me tenga en sus contactos o que seamos amigos en redes sociales.
Hoy, en la madrugada, entendí por qué lo pensaba. Y la respuesta fue: «a mano alzada».Retratos de gente que ha influido en mi vida —la mayoría sin querer, la mayoría siendo ellos—.
A Herminio lo conocí porque visitaba a mi padre con frecuencia en la década de los ochenta. Hombre aperlado, de pelo cano y quebradizo. Mi padre era su cliente. Le compraba seguros de gastos médicos, de coches. Siempre tuve la idea de que vendía libros, pero hablando con mi padre, me confirma que no. Era agente de seguros, pero, que siempre llevaba a la casa obsequios, como libros… Quizá por eso pensé en mi infancia que él era el responsable de las enciclopedias que había en la sala.
En esta confusión de mi memoria y mis recuerdos, corrijo el texto.
¿Por qué relaciono a Herminio con las enciclopedias de la casa? Porque su conversación siempre fluida y docta me hacían relacionar su sabiduría y el contenido de los libros. Además, como dice mi padre, siempre llevaba regalos.
Ante la cortina de los años, pensé que mi trabajo en casa era abrir los nuevos tomos que llegaban cada mes. Yo los hojeaba, y la maquinaria de mi imaginación comenzaba a dar sus primeros pasos. Debo ser honesto: no tengo imagen en mi memoria de otro miembro de mi familia acercándose a esa área de la casa a husmear o a sentarse a leer. Sin saberlo, sin quererlo y sin tener conciencia de ello, esos libreros se convirtieron en mi verdadero patio de recreo.
Entonces, Herminio llegaba, tomaba café con mi papá y conversaban de actualidad —sí, como escena de una novela que narraba las tradiciones del momento—. Yo, curioso, me sentaba a su lado y escuchaba, aunque no entendiera nada.
Pasaron los meses y los años, y fui comprendiendo aquellas conversaciones. Supe que Herminio era un activista político, un hombre de altos valores, estoico en cierto sentido, lleno de charlas coloridas e interesantes.
Alguna vez, ya en la universidad, creo que fui a buscar a Herminio a su casa. No recuerdo si para saludarlo o para pedir apoyo en alguna tarea de mi clase de…
De aquellos primeros encuentros han pasado más de cuarenta años. Hoy sé por qué lo pensaba: Herminio se convirtió en el primer personaje de mi columna de relatos «A mano alzada».
Nunca reparé en que mi afición y amor por los libros venían de ese personaje que se encargó de llevar conversaciones únicas a la sala de casa de mis padres.
Herminio, tu empeño en crear una sociedad libre y democrática, donde el pensamiento crítico y la conversación política de calidad tuvieran espacio, creo que tuvo en mí algún efecto.
Pensarlo era la forma en que el destino me revelaba una de las preguntas que me he hecho por años: ¿por qué hago lo que hago?, ¿cómo me involucré en el mundo de la comunicación política?
Aquellos días en que Herminio aparecía en mi casa coinciden con mis primeros días de primaria, cuando le dije a la maestra que de grande quería ser escritor… Ahora yo vendo libros —los que escribo—, visito amigos, tomamos café y hablamos del mundo, de política y de la Política.
¿A caso fuiste mi Melquiades? Herminio Gómez, saludos donde quiera que estés.








