A mano alzada se ha convertido en más que un ejercicio narrativo y de criba en mi memoria. Ya se acerca más a los juegos de supervivencia de mis recuerdos.
Cada personaje de esta columna —retratos en la sala de mis héroes— se transforma en un reto de curación artística y emocional. Sí: en cada uno de los ejercicios, después de su publicación, he tenido un reacomodo de aquellas realidades que hoy son emotivos lienzos de la memoria.
Los rostros, los nombres, los tiempos, los espacios. Ahora entiendo lo difícil que es recordar. Han pasado los años y quizás mi atrevimiento a desempolvar muchos de estos retratos conlleva el peligro de los hechos.
Conforme avance en el tiempo, los recuerdos serán más nítidos; las voces y las acciones, más contundentes.
No es lo mismo —por más que quiera o piense— que mis personajes de la infancia sean similares a como hoy los imagino. Son décadas de distancia, cientos de historias cruzando y atravesando aquellos rostros.
La memoria es una ciudad, y como toda ciudad que progresa, requiere nuevas adecuaciones. Quizá ahí, en ese levantamiento de nuevas estructuras para sostenerme, se tienen que derribar edificios: continentes y contenidos.
Hoy sigue la maestra Gloria. Era la titular de la clase de Historia en la preparatoria. Apenas había comenzado mi ciclo de bachillerato cuando, a los pocos días de sentarme a entender cómo era y debía ser la vida de un joven, la maestra —sin decir “agua va”— me castigó.
Sentado al final de la fila, pegado a la pared, estaba yo charlando con una compañera. Nos reíamos de cualquier cosa que parecía más importante que la enseñanza de la Historia.
De pronto, la maestra Gloria interrumpió la clase: “Osorio, estás castigado”. Gritó… o pienso que lo hizo.
Abro un paréntesis para una nota al pie: desde niño he recibido comentarios sobre mi voz. Mucha gente piensa que cuando hablo estoy enojado, pero no: simplemente me gusta ser claro con las ideas. Quizá eso genera cierta incertidumbre.
La maestra me castigó porque “mi voz la escuchaban todos”. Ese fue el argumento y no tuve cómo negarlo. Aunque, insisto, mi compañera y yo hablábamos en voz baja. En fin.
¿Cuál fue el castigo?
En la preparatoria —o quizá en la universidad (Universidad Regiomontana; U-ERRE, para los locales)— había un concurso de oratoria donde participaban los tres campus de aquellos tiempos: Chepevera, Roma, Matamoros). La maestra, asidua a los eventos, me dijo que mi castigo era participar en el concurso de oratoria, con el agravante de que su equipo nunca había perdido una eliminatoria. Tenía que llegar a la gran final.
No pregunté cuál sería el castigo si no llegaba a la final. Así que tuve que prepararme.
“¿Qué debo hacer, maestra?”, fue lo único que atiné a decir. Ella, clara y directa, respondió: un discurso emotivo, actual… blablabla.
Cómo elegir un tema, cómo convertirlo en discurso, dónde ensayar, quién me diría si era bueno. Y como todo en la vida, entendí que eso tenía que decidirlo yo.
En la ecuación aparece Pablo, entonces esposo de una tía. Le gustaba la oratoria. Fui con él y me ayudó a ensayar.
Llegó el día del concurso interno. Gané. Pasé a la final. Éramos tres en el equipo de la maestra Gloria. Los otros dos compañeros estaban por terminar la preparatoria; yo, apenas en primer tetramestre. Se les notaba la pasión por el tema.
Llegamos los tres a la final, en un auditorio enorme. Ahí tomé una decisión: ser el primero. Quería sacudirme el estrés y terminar el castigo. Fui el primero. Después de eso, solo recuerdo salir del auditorio con mis padres y volver a casa.
¿Gané? No. No quería ganar. Solo quería que levantaran mi castigo.
Hace unos días hablé con mi hermana Jessica, que también estaba en esa preparatoria, y le pregunté por la maestra. Hablé con amigos, hice lo mismo. Todos tenía vagos recuerdos, pero ninguno con la etiqueta de memoria.
Al final, mi hermana me dijo: “Ya me acordé: quedaste en tercer lugar. Mi papá dijo que te afectó ser el primero”.
No recuerdo nada de eso. Pero así son los recuerdos: selectivos, a veces celosos, otras juguetones.
De la maestra Gloria no supe más. Pero su castigo me quitó el miedo de hablar en público. Con los años, charlar frente a decenas o cientos de personas se volvió recurrente. Cada que lo hago, recuerdo que aquel castigo fue un premio disfrazado, uno que me permitió fortalecer mis habilidades para la vida.
Hay castigos que nos revelan más de nosotros que de quien los dicta. El de la maestra Gloria me mostró mi voz, mi temple y mi posibilidad. Quizá en la arquitectura secreta de la memoria, ella sigue ahí, levantando un andamio cada vez que me paro frente a un público.
En dónde esté la maestra Gloria, gracias.








