El año pasado decidí hacer una nueva ingeniería de vida. Entre mis objetivos para los próximos 18 meses, el primero decía: “terminar Mapas de la maldad”, un libro de cuentos que había empezado en 2024. Le asigné quince días. Pensé: ya está casi hecho, solo es afinar detalles.
Enero llegó. Primera sesión de edición. Tomé el primer párrafo de un cuento titulado Luz y Fer. Ese párrafo se convirtió en diez páginas. Desde ahí, el plan se desmoronó. Lo que sería un trabajo de dos semanas se extendió a cientos de horas que no podía ni quería detener.
Ayer, 31 de agosto de 2025, di cierre a un proyecto que creía terminado. El resultado: dos libros. El volumen de cuentos planeado y una novela corta, Moira, nacida de un cuento que parecía concluido y que terminó arrastrándome a un mundo oscuro, lluvioso, inagotable. Una pregunta de un lector encendió la chispa: “¿No crees que podrías contar más de este personaje?”. Tenía razón. Moira no quería ser un cuento; exigía crecer.
Hoy, 1 de septiembre a las 7:30 de la mañana, envié ambos textos al editor. Sentí un peso liberarse, una mezcla de alegría y cansancio. Preparé café, me senté y vi las noticias: los niños de primaria y secundaria regresaban a clases. Fotos de amigos con sus hijos uniformados, peinados con gel, mochilas nuevas.
Pensé en los míos, ahora universitarios, ya independientes. Bajé la mirada: sobre mi mesa, las copias impresas de mis libros. Son mis nuevos hijos, listos para su primera escuela: la editorial.
Entonces recordé aquella mañana de mi infancia, cuando la maestra nos preguntó qué queríamos ser de grandes. Yo respondí: “escritor y papá”. Sin saberlo, me inscribí en las dos carreras más intensas y eternas.
Hoy entiendo que sigo en aquel pupitre, observando el gran árbol del otro lado de la barda de la primaria. Décadas después, sigo siendo un estudiante. El timbre vuelve a sonar. Tomo la fea mochila que me acompaña y me voy a clases. Un nuevo libro me espera.








