No esperaba la llamada ni el motivo. Pensé que la situación era amena, ligera, hacia adelante. Fue mi instinto de papá lo que me hizo escribirle para preguntar cómo estaba. Todo marchaba bien hasta que soltó la frase: “tengo un problema con el trabajo”.
—¿Puedes hacer una llamada? —pregunté de inmediato.
—Sí.
Y con eso entendí que la situación ya había escalado.
—¿Qué pasó, que no estaba todo bien?
—Sí, pero me llamaron la atención… y ya no sé si seguir.
Mi respuesta fue clara: “Por eso uno debe amar lo que hace, para que sea menos doloroso.”
—Crecer no está chido —respondió.
Definitivamente no lo es. Crecer es ir muriendo, es secarse, es sufrir. Ya lo decían los budistas zen: nacer es sufrir, vivir es sufrir, perder lo que amas, no tener lo que deseas… todo es sufrir.
El sufrimiento no es otra cosa que expectativa, esperanza, miedo, emoción. La vida entera es un miedo al que le vamos tomando sabor conforme avanzamos. Es nuestra condición humana.
Colgué y bajé por café. De pronto sentí alivio. Pensé: hay dos formas de enfrentar esto con él. La primera, dejarlo tomar su decisión y avanzar. La segunda, dejarlo tomar su decisión, avanzar… y no preocuparme por algo tan común como la vida misma.
Cada trabajo es un reto, una misión. Y nadie nos enseña que debamos cumplir todas a la perfección. Son aprendizajes. Amar lo que haces te da la ventaja de que el sufrimiento se transforme en motor, en impulso hacia tu meta.
Recordé entonces una escena con mi propio padre. Le dije que iba a renunciar porque no era feliz. Me miró con su arrogancia habitual y dijo:
—Vete, pero regresarás, porque no sabes hacer nada.
Hoy lo recuerdo con gracia. Y aliviado: si me hubiera quedado, no tendría ni la mitad de la experiencia ni las historias que acumulé caminando mi propio sendero, no el suyo.
Así que recuerda: para que sea menos doloroso, ama lo que haces. Y si no lo amas, ámate a ti. Con eso bastará.








